Colmillo blanco
Colmillo blanco Si alguna vez existió un enemigo de su propia especie, ese fue Colmillo Blanco. No pedía ni daba cuartel. Continuamente era desfigurado y herido por los dientes de la jauría y, con la misma constancia, él dejaba las marcas de los suyos sobre la jauría. Al contrario que la mayoría de los líderes, quienes, cuando se acampaba y se desenganchaba a los perros, corrían a acurrucarse cerca de sus dioses en busca de protección, Colmillo Blanco desdeñaba aquella protección. Caminaba con valentía por el campamento, castigando por la noche los sufrimientos que le habían hecho pasar por el día. Antes de haber sido elegido líder del grupo, la jauría había aprendido a apartarse de su camino. Pero en aquellos momentos era distinto. Excitados por el largo día de persecución, movidos de forma inconsciente por la insistente repetición en sus cerebros de la imagen de su huida, dominados por el sentimiento de autoridad que disfrutaban durante todo el día, los perros no podían apartarse de su camino. Cuando aparecía entre ellos, siempre se producía algún alboroto. Su avance estaba jalonado de gruñidos, mordiscos y aullidos. El mismo aire que respiraba estaba saturado de maldad y de odio, y aquello no servía sino para aumentar el odio y la maldad que residían en él.