Colmillo blanco
Colmillo blanco No tenía forma de defenderse. Si se volvía contra ellos, Mit-sah le golpearía en el rostro con el látigo que tanto escocía. Solo le quedaba correr. No podía enfrentarse con aquella horda, que ladraba sin cesar, con la cola y los cuartos traseros. Aquellas no eran armas adecuadas con las que hacer frente a despiadados colmillos. Así que corrió, forzando su propia naturaleza y su orgullo con cada zancada que daba, y corrió durante todo el día.
Uno no puede transgredir los impulsos de la propia naturaleza sin que esta se vuelva contra sí misma. Esto es como lo que le sucede al pelo que crece fuera del cuerpo y, haciendo que crezca en dirección opuesta, lo hace dentro de la piel, algo doloroso que se ulcera y encona. Y lo mismo ocurría con Colmillo Blanco. Todo su ser le impulsaba a saltar sobre la jauría que ladraba siguiéndole los talones, pero era la voluntad de los dioses que no pudiera hacerlo; y detrás de aquella voluntad, para reforzarla, estaba el látigo de tripas de caribú con sus treinta pies de largo que tanto escocían. Así que Colmillo Blanco tan solo pudo guardar para sí aquella amargura y desarrollar un odio y una malicia tan grandes como el espíritu indomable y la ferocidad de su naturaleza.