Colmillo blanco
Colmillo blanco Se convirtió en un gran amigo de los combates. Economizaba sus fuerzas. Jamás derrochaba energÃa, jamás reñÃa. Era demasiado rápido para aquello y, si erraba, volvÃa a intentarlo con mayor rapidez. CompartÃa el desagrado que los lobos sentÃan por la lucha cuerpo a cuerpo. No podÃa soportar un contacto prolongado con otro cuerpo. Le transmitÃa la sensación de peligro y le volvÃa loco. TenÃa que alejarse, sentirse libre de contacto con cualquier cosa viviente. Eran las Tierras VÃrgenes, que todavÃa se aferraban a él, afirmándose en su cuerpo. Aquel sentimiento se habÃa acentuado por la esforzada vida que habÃa llevado desde que fuera un cachorro. El peligro acechaba en los contactos. Era una trampa, siempre una trampa, y el temor que le tenÃa se escondÃa en las profundidades de su ser, tejido entre sus nervios.
En consecuencia, los perros de otros poblados se daban cuenta de que no tenÃan ninguna oportunidad con él. Colmillo Blanco eludÃa sus dientes. O los alcanzaba o los dejaba, pero no permitÃa que le tocasen en ningún momento. Siempre se producÃan excepciones. HabÃa ocasiones en las que, cuando muchos perros daban con él, le castigaban antes de que pudiera huir, y habÃa otras en las que un perro podÃa herirle seriamente. La mayorÃa de las veces —tal era su eficacia en la lucha— salÃa sin un rasguño.