Colmillo blanco
Colmillo blanco Después de la paliza, Colmillo Blanco fue arrastrado hasta el fuerte. Pero aquella vez Guapo Smith le dejó atado con un palo. Uno no abandona a su dios fácilmente y eso fue lo que le ocurrió a Colmillo Blanco. Castor Gris era su dios particular y, a pesar de la voluntad del propio Castor Gris, Colmillo Blanco estaba unido a él y no renunciaría a su vínculo. Castor Gris le había traicionado y abandonado, pero no le importaba. No en balde se había sometido en cuerpo y alma a él. Por su parte, Colmillo Blanco no albergaba ninguna reserva y el lazo que los unía no se iba a romper fácilmente.
Así que, por la noche, cuando los hombres del fuerte dormían, Colmillo Blanco hincó los dientes en el palo que lo sujetaba. La madera estaba curada y seca, y estaba atado a ella de tal forma que el cuello lo tenía casi pegado al palo, por lo que apenas podía hincar los dientes. Hasta que gracias al esfuerzo muscular y a que dobló el cuello al máximo, pudo colocar la madera entre sus dientes. Y solo gracias a su inmensa paciencia, prolongada durante horas, pudo terminar de roer el palo. Aquello era algo que los perros supuestamente no hacen. No tenía precedentes. Pero Colmillo Blanco lo hizo y se alejó del fuerte a primera hora de la mañana con un extremo del palo colgando de su cuello.