Colmillo blanco
Colmillo blanco Tim Keenan se acercó y se inclinó sobre Cherokee acariciándole las paletillas con sus manos. Estas frotaban el pelo del animal con ligeros movimientos que le animaban a la acción. Aquello fue un estímulo efectivo que además irritó a Cherokee, el cual empezó a gruñir muy suavemente desde lo más profundo de su garganta. El ritmo de los gruñidos y los movimientos de las manos se correspondían perfectamente. El gruñido se despertaba en la garganta con cada movimiento completo de las manos y desaparecía hasta iniciarse de nuevo con la siguiente caricia. El fin de cada movimiento constituía la inflexión del ritmo: el movimiento finalizaba bruscamente y el gruñido emergía con un espasmo.
Aquello no dejó de causar impresión a Colmillo Blanco. El pelo comenzó a erizársele en el cuello y en las paletillas. Tim Keenan le dio el último empujón y se retiró. Cuando la fuerza del impulso se agotó, Cherokee continuó avanzando con rapidez por propia voluntad con sus patas arqueadas. Entonces, Colmillo Blanco atacó. Un grito de súbita admiración se elevó del círculo. Había cubierto la distancia que los separaba como lo hubiera hecho un gato más que un perro y, con la misma celeridad de un felino, después de hincar sus colmillos, había saltado hacia atrás.