Colmillo blanco
Colmillo blanco La sangre manaba del grueso cuello del bulldog, en el que tenía una herida detrás de la oreja. No hizo señal alguna, ni tan siquiera gruñó, sino que se volvió y siguió a Colmillo Blanco. La exhibición por ambas partes, la rapidez de uno y la imperturbabilidad del otro, habían excitado el espíritu partidista de la multitud y los hombres hacían nuevas apuestas e incrementaban las ya existentes. Una y otra vez, Colmillo Blanco atacaba, desgarraba y saltaba ileso, y todavía su extraño enemigo le seguía sin mucha prisa, aunque sin lentitud, de forma deliberada y con decisión seria. En su técnica había un propósito, algo de lo que estaba convencido y de lo que nadie podría distraerle.
Toda su conducta, cada acción, estaba teñida de este propósito. Esto asombraba a Colmillo Blanco. Jamás había visto un perro semejante. No contaba con la protección del pelo. Era blando y sangraba con facilidad. No había greña ni piel que opusieran cierta resistencia a los dientes de Colmillo Blanco, como las de otros perros de su propia raza. Cada vez que sus dientes le alcanzaban, se hundían con facilidad en la carne, que cedía a su empuje, por lo que el animal parecía incapaz de defenderse. Otra cosa desconcertante era que no emitía ningún grito, reacción a la que se había acostumbrado por otros perros con los que había luchado. El perro aceptaba su castigo en silencio y, como mucho, gruñía por lo bajo. Y jamás cejaba en su persecución.