Colmillo blanco
Colmillo blanco La abombada nuca de Cherokee era la única parte del cuerpo que Colmillo Blanco podía alcanzar con sus dientes. Agarró la zona del cuello en la que se une con la paletilla, pero no conocía aquel método de la masticación, ni sus mandíbulas estaban preparadas para ello. En diversas sacudidas desgarró y retorció la carne con los colmillos en busca de un espacio. Poco después, un cambio de posición le desvió. El bulldog consiguió colocarle de espaldas y, todavía agarrado a su cuello, se colocó sobre él. Como un gato, Colmillo Blanco arqueó sus cuartos traseros y, con las patas hundiéndose en el abdomen de su enemigo, comenzó a desgarrarle con prolongados y profundos arañazos. Le habría hecho trizas las entrañas de no ser porque Cherokee cambió de postura sin soltarle, apartó su cuerpo de Colmillo Blanco y se situó a un lado.
No había forma de escapar de aquel mordisco. Era como el mismo destino, inexorable. Lentamente, fue ascendiendo hacia la yugular. Todo lo que separaba a Colmillo Blanco de la muerte era la piel suelta de su cuello y la gruesa capa de pelo que la cubría. Estos tejidos formaban unos repliegues en la boca de Cherokee que desafiaban a los dientes del bulldog. Pero poco a poco, en cuanto la oportunidad se lo permitía, agarraba más piel suelta y pelo. La consecuencia era que poco a poco iba estrangulando a Colmillo Blanco. Su respiración era por momentos más entrecortada y difícil.