Colmillo blanco
Colmillo blanco —No sé, no sé —murmuró Bill en tono siniestro.
—Bien, ya lo verás cuando hayamos llegado a McGurry.
—La verdad es que no me siento muy optimista —insistió Bill.
—Has perdido el valor, eso es lo que te pasa —sentenció Henry—. Lo que necesitas es quinina, y te voy a dar una buena dosis tan pronto lleguemos a McGurry.
Bill gruñó para mostrar su disconformidad con aquel juicio y permaneció en silencio. La jornada se sucedió como todos los dÃas. Amaneció a las nueve. A las doce el horizonte del sur se coloreó con la suave luz de un sol invisible y, en seguida, se tiñó del frÃo gris de la tarde, que se convirtió, tres horas más tarde, en noche completamente cerrada.
Fue después de aquel inútil esfuerzo del sol por aparecer, cuando Bill sacó el rifle del trineo y dijo:
—Continúa tú, Henry, voy a ver qué puedo hacer.
—Más vale que te quedes junto al trineo —protestó su compañero—. Solo tienes tres cartuchos y no sabemos qué podrÃa pasarte.
—¿Quién es el que tiene miedo ahora? —preguntó Bill en tono de triunfo.