Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero Bill era muy testarudo y tomó el desayuno a secas mientras maldecÃa por lo bajo a Una Oreja por habérsela jugado aquella noche.
—Volveré a atarlos esta noche de tal forma que no puedan tocarse —dijo Bill al iniciar el camino.
HabÃan avanzado poco más de cien yardas, cuando Henry, que iba delante, se agachó y recogió algo contra lo que habÃa topado su raqueta de nieve. Estaba oscuro y no podÃa verlo, aunque lo reconoció por el tacto. Lo lanzó hacia atrás, chocó contra el trineo y rebotó hasta la raqueta de Bill.
—Tal vez lo necesites para tu negocio —dijo Henry.
Bill pegó un grito. Era todo lo que quedaba de Mesana: el palo con el que habÃa sido atado.
—Se lo han comido entero —dijo Bill—. El palo está limpio. Se han comido hasta el cuero que habÃa en los extremos. Tienen hambre a rabiar, Henry, y nos van a tener en jaque a ti y a mà hasta que termine el viaje.
Henry se echó a reÃr en son de desafÃo.
—Nunca me habÃan seguido los lobos de esta forma; sin embargo, he pasado situaciones mucho peores y he defendido mi vida. Hace falta algo más que un puñado de animales hambrientos para acabar con tu amigo, Billy, amigo.