Colmillo blanco
Colmillo blanco Sin prisa, con el aire de quien se ha resignado a la desgracia, Bill volvió la cabeza y, desde el lugar en el que estaba sentado, contó los perros.
—¿Cómo habrá sucedido? —preguntó sin dramatismo.
Henry se encogió de hombros.
—No sé. A no ser que Una Oreja royera su correa. No pudo hacerlo él solo, eso seguro.
—El muy maldito —dijo Bill pronunciando despacio y muy serio, sin que se advirtiera en su tono el más leve rastro de cólera—. Como no pudo soltarse él, se lo soltó a Mesana.
—Bueno, Mesana ya no tendrá de qué preocuparse; supongo que a estas alturas ya lo habrán digerido y estará disfrutando de lo lindo del paisaje en los estómagos de veinte lobos diferentes —palabras que fueron el epitafio de Henry para aquel, el último de los perros que perdieron—. Toma algo de café, Bill.
Pero Bill sacudió la cabeza.
—Vamos —suplicó Henry, levantando el puchero.
Bill apartó su taza.
—Me pondré furioso si lo tomo. Te dije que no lo tomaría si alguno de los perros desaparecía esta noche, y no lo haré.
—Es un café muy bueno —dijo Henry tentándole.