Colmillo blanco
Colmillo blanco —Ya te dije que no habÃa esperanza, Matt —dijo Scott con voz desalentada—. Lo he pensado varias veces, aunque no querÃa; pero ha llegado la hora. Es lo único que podemos hacer.
Mientras hablaba, con movimientos reticentes se llevó la mano al revólver, abrió el cilindro y se aseguró de su contenido.
—Venga, señor Scott —objetó Matt—; ese perro ha pasado por un infierno. No puede esperar de él que se comporte como un auténtico ángel. Dele tiempo.
—Mira a Mayor —replicó el otro.
El conductor examinó al perro malherido. Se habÃa hundido en la nieve en medio de su propio charco de sangre y estaba ya dando las últimas boqueadas.
—Le está bien empleado. Usted mismo lo dijo, señor Scott. Trató de quitarle la comida a Colmillo Blanco y ahora está muerto. Eso era de esperar. Yo no darÃa ni dos centavos en el infierno por un perro que no luchara por su propia carne.
—Pero mÃrate, Matt. Está bien con los perros, pero debemos poner el lÃmite en alguna parte.
—Me está bien empleado —argumentó Matt con testarudez—. ¿Para qué se me ocurrirÃa darle una patada? Usted mismo dijo que habÃa hecho bien. Luego yo no tenÃa derecho a darle una patada.
—SerÃa una obra de misericordia si le matáramos —insistió Scott—. Es indomable.