Colmillo blanco

Colmillo blanco

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El gusto fue sustituido por el amor. Y el amor fue la plomada que cayó hasta las profundidades de su alma, de la que ya no pudo salir jamás. Y sensible a ello, de sus profundidades había surgido una nueva cosa: el amor. Lo que habían sembrado en él fue lo que él devolvió. Aquel era un verdadero dios, un dios de amor, un cálido y radiante dios, a cuya luz la naturaleza de Colmillo Blanco se abrió como una flor lo hace bajo el sol.

Pero Colmillo Blanco no era muy expresivo. Estaba demasiado viejo y firmemente modelado como para volverse expresivo. Era dueño de sí mismo en exceso, confiaba en demasía en su propia soledad. Durante demasiado tiempo había cultivado la reticencia, la reserva y el mal humor. Jamás en su vida había ladrado y no podía hacerlo ahora para recibir a su dios cuando se acercaba. Nunca estaba en su ánimo, nunca era pródigo ni blando en la expresión de su amor. Jamás corría para encontrarse con su dios. Le esperaba a cierta distancia, pero siempre esperaba; siempre estaba allí. Su amor participaba de la naturaleza de la adoración sorda, inarticulada, una adoración silenciosa. Solo en sus ojos inmóviles o inquietos tras los movimientos de su dios se expresaba el amor que sentía por él. También, a veces, cuando su dios le miraba y le hablaba, dejaba traslucir una terrible timidez, cuya causa era la lucha de su amor por expresarse y la incapacidad física de expresarlo.


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