Colmillo blanco
Colmillo blanco Weedon Scott dio unos pasos hacia él, al mismo tiempo que le llamaba por su nombre. Colmillo Blanco se acercó sin correr, pero con rapidez. Estaba anquilosado por la timidez, pero al irse aproximando, sus ojos adoptaron una extraña expresión. Algo, una incomunicable vastedad de sentimiento, apareció en sus ojos como una luz resplandeciente.
—Nunca me ha mirado de esa forma en su ausencia —comentó Matt.
Weedon Scott no le escuchaba. Estaba en cuclillas, con el rostro muy cerca del de Colmillo Blanco, mirándole, frotando la base de las orejas, haciéndole largas y cariñosas caricias en el cuello y las paletillas, pasándole la mano por el lomo con las yemas de sus dedos. Y Colmillo Blanco gruñÃa y en su gemido se apreciaba la nota cantarina más que nunca.
Pero aquello no era todo. Su alegrÃa, el gran amor que sentÃa por él, siempre brotando y luchando por expresarse, logró encontrar su forma de expresión. De pronto, proyectó su cabeza hacia adelante y empujó ligeramente a su amo entre el brazo y el cuerpo. Y allÃ, encerrado, escondido exceptuando las orejas, sin gruñir más, continuó empujando y arrimándose amorosamente.
Los dos hombres se miraron uno al otro. Los ojos de Scott resplandecÃan.
—¡Caray! —dijo Matt con una voz que traslucÃa su asombro.