Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Al haber aprendido cómo arrimarse con amor a su amo, Colmillo Blanco cayó en aquella tentación muchas veces. Era la expresión máxima a la que podía llegar. No podía ir más allá. La única cosa de la que siempre había estado particularmente celoso era de su cabeza. Durante toda su vida le había desagradado que le tocaran la cabeza. Era lo salvaje que había en él, el temor al dolor o a la trampa, los responsables de aquellos terroríficos impulsos por evitar todo contacto. Sentirse libre era una orden de los instintos y, en aquellos momentos, arrimarse a su señor del amor era un acto deliberado de desesperanzada indefensión. Era la expresión de la confianza perfecta, de la absoluta sumisión, como si dijera: «Me pongo en tus manos yo mismo. Haz de mí tu voluntad».

Una noche, no mucho después de que regresara Scott, él y Matt estaban sentados jugando a las cartas antes de irse a la cama.

—Quince-dos, quince-cuatro y una pareja hacen seis —señalaba Matt cuando se produjo un grito y el sonido de un gruñido. Se miraron el uno al otro y se levantaron sobresaltados.

—El lobo ha mordido a alguien —dijo Matt.

Un grito salvaje de temor y angustia los detuvo.

—¡Trae una luz! —exclamó Scott mientras salía a toda prisa.


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