Colmillo blanco

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Pero Colmillo Blanco se negó a gruñir. En su lugar y después de una triste e inquieta mirada, se acurrucó contra él, hundiendo su cabeza entre el cuerpo y el brazo de su amo.

—¡Por allí resopla el barco! —gritó Matt. Desde el Yukon se levantaba el ronco bramido de un barco de vapor—. Tiene que darse prisa. Cierre bien la puerta de delante. Yo cerraré la de atrás. ¡Corra!

Las dos puertas se cerraron al mismo tiempo y Weedon Scott esperó a que Matt volviera. Del interior surgía un leve gemido y unos sollozos. Luego se produjeron unas largas y húmedas aspiraciones de nariz.

—Debes cuidar mucho de él, Matt —dijo Scott mientras iniciaban el descenso de la colina—. Escribe contándome cómo se encuentra.

—Claro —respondió el conductor—. Pero escuche eso, ¡escúchelo!

Los dos hombres se detuvieron. Colmillo Blanco estaba aullando como lo hacen los perros cuando sus amos mueren. Estaba expresando su profunda desgracia, su llanto emergiendo a raudales que rompían el corazón, desvaneciéndose en una temblorosa tristeza y surgiendo de nuevo con el ímpetu de su dolor.


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