Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero Colmillo Blanco iba a tener más de una pesadilla en la ciudad, una experiencia que era como una ensoñación, irreal y terrible, que le acechó durante mucho tiempo en sus sueños. En ella lo colocaban en un coche de equipajes por orden de su amo, encadenado en un rincón en medio de amontonados bagajes y valijas. Allí un dios achaparrado y fornido ejercía su poder, con mucho estrépito, empujando equipajes y cajas, que arrastraba a través de la puerta y amontonaba en pilas o que lanzaba a otros dioses que los esperaban, estampándolos en el suelo.
Y en aquel infierno de maletas, estaba Colmillo Blanco abandonado de su amo. O por lo menos, Colmillo Blanco pensaba que estaba abandonado, hasta que olfateó las bolsas de lona de su señor a su alrededor y comenzó a montar guardia para vigilarlas.
—Ya era hora de que viniera —gruñó el dios del coche una hora después, cuando Weedon Scott apareció en la puerta—. Ese perro de usted no me deja poner un dedo en sus cosas.