Colmillo blanco
Colmillo blanco El carruaje había desaparecido y otros dioses desconocidos habían surgido de la casa. Algunos de ellos se mantenían a respetable distancia, pero dos de ellos, mujeres, perpetraron el acto hostil de abrazar a su amo por el cuello. Colmillo Blanco, sin embargo, comenzaba a tolerar aquel fenómeno. No resultaba daño alguno de él y los sonidos que emitían los dioses no parecían esconder amenaza alguna. Aquellos dioses incluso le hicieron cucamonas, pero él los espantó con un gruñido y el amo hizo lo mismo con palabras. En aquellas ocasiones, Colmillo Blanco permanecía pegado a las piernas de su amo y recibía tranquilizadoras palmaditas en la cabeza.
El perro, bajo la orden de «¡Dick! ¡Échate!», había subido los escalones y se había tumbado en el porche, sin dejar de gruñir y de mirar al intruso con resentimiento. Collie había pasado a manos de una de las diosas, que la tenía cogida por el cuello y la acariciaba y mimaba; pero Collie estaba perpleja y preocupada, quejumbrosa y desasosegada, enfurecida porque habían permitido la presencia de aquel lobo y segura de que los dioses habían cometido un error.
Todos los dioses subieron los escalones y entraron en la casa. Colmillo Blanco siguió a su amo. Dick, en el porche, gruñó, y Colmillo Blanco, en la escalera, erizó el pelo y le contestó con otro gruñido.