Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Así ocurría con los dos niños. Toda su vida los había rechazado. Odiaba y temía sus manos. Las lecciones que había aprendido de ellos durante su vida en los poblados indios habían sido las de la tiranía y la crueldad. Cuando Weedon y Maud se aproximaron por primera vez a él, les gruñó en tono de advertencia y los miró con maldad. Un manotazo de su amo y una palabra dura le obligaron entonces a permitir las caricias de los niños, aunque gruñía y gruñía bajo sus pequeñas manos y en su gruñido no había ninguna nota cantarina. Más tarde, observó que el niño y la niña eran muy valorados por su amo. Entonces fue cuando se hicieron innecesarios los manotazos y las palabras duras antes de que le acariciaran.

Sin embargo, Colmillo Blanco nunca fue exactamente cariñoso. Se sometía a los hijos del amo a regañadientes, pero con sinceridad, y soportaba sus tonterías como se soporta una operación quirúrgica. Cuando no podía soportarlo más, se levantaba y se alejaba de ellos con determinación. Sin embargo, era más bien discreto. Jamás se levantaba para recibirlos. Por otra parte, en lugar de alejarse cuando los veía, esperaba a que se acercaran a él. Y todavía después podía advertirse un destello de complacencia en sus ojos cuando se aproximaban y, al dejarle por otras diversiones, se quedaba contemplándolos con una expresión de singular remordimiento.


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