Colmillo blanco
Colmillo blanco Todo aquello era una cuestión de desarrollo que requerÃa su tiempo. El siguiente de su escala de valores, después de los niños, era el juez Scott. Posiblemente, habÃa dos razones para esto. La primera, que era una de las posesiones más valoradas por su amo, lo cual era bastante obvio; y la segunda, que era muy reservado. A Colmillo Blanco le gustaba tumbarse a sus pies en el amplio porche cuando leÃa el periódico y, de vez en cuando, le regalaba con una mirada o una palabra, tranquilos indicios de que apreciaba la presencia y la existencia del perro lobo. Pero esto era solo cuando el amo no estaba alrededor. Cuando su amo aparecÃa, los demás seres dejaban de existir para él.
Colmillo Blanco permitió que todos los miembros de la familia le mimaran, pero nunca les dio tanto como a su amo. Ninguna de sus afectuosas caricias podÃan despertar en él la nota de amor en su garganta y, aunque lo intentaban, jamás se arrimaba a ellos cariñosamente. Esta expresión de abandono y de sumisión, de absoluta confianza, se la reservaba solo a su amo. De hecho, nunca tuvo a los miembros de la familia en otra consideración que no fuera la de posesiones de su amo.