Colmillo blanco
Colmillo blanco Desde lugares ocultos, la familia contemplaba la escena de la que dependía la apuesta. Pero fue un fracaso. Encerrado en el gallinero y abandonado allí por su amo, Colmillo Blanco se tumbó y se quedó dormido. Cuando se levantó, caminó hacia el abrevadero para beber agua. A las gallinas no les hizo ni caso. En cuanto a él se refería, era como si no existieran. A las cuatro dio un salto, alcanzó el tejado del gallinero y saltó al exterior, después de lo cual fue tranquilamente hacia la casa. Había aprendido la ley. Y en el porche, ante la entusiasmada familia, el juez Scott, cara a cara con Colmillo Blanco, dijo lenta y solemnemente dieciséis veces: «Colmillo Blanco, eres más listo de lo que pensé».
Pero era la multiplicidad de las leyes lo que aturdía a Colmillo Blanco y lo que con frecuencia le arrastraba a la desgracia. Tenía que aprender que no debía tocar las gallinas que pertenecían a otros dioses. También estaban los gatos, los conejos y los pavos; a todos aquellos animales debía dejarlos en paz. De hecho, cuando había aprendido en parte esta ley, su impresión fue que debía dejar en paz a todas las cosas vivas.
En los pastos del fondo una codorniz podía revolotear en sus narices sin recibir ningún daño. En tensión, tembloroso por el ansia y el deseo, dominaba su instinto y permanecía quieto. Estaba obedeciendo la voluntad de los dioses.