Colmillo blanco
Colmillo blanco Y entonces, un día, de nuevo en los pastos del fondo, vio a Dick que había sobresaltado a una liebre y corría tras ella. El amo mismo lo estaba contemplando y no intervenía. Tampoco animaba a Colmillo Blanco a que se uniera a la caza. Y así aprendió que las liebres no estaban prohibidas. Al final, descubrió la ley completa. Entre él y los animales domésticos no debía existir hostilidad. Si no entablaban amistad, por lo menos debía conseguir la indiferencia. Pero los otros animales, las ardillas, las codornices y las liebres de cola blanca, eran criaturas de lo salvaje que nunca se habían sometido al hombre. Constituían la presa legítima de cualquier perro. Solo los domésticos eran protegidos por el hombre, y entre ellos no se permitía la lucha a muerte. Los dioses ostentaban el poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos y mantenían este poder con gran celo y toda la autoridad que hiciese falta.