Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero Colmillo Blanco no podía creerlo. Miró a su amo y miró a los perros. Entonces volvió a mirar a su amo con ansiedad y expresión interrogante.
El amo asintió con la cabeza.
—Ve a por ellos, viejo amigo. Devóralos.
Colmillo Blanco no vaciló más. Se dio media vuelta y saltó en silencio contra sus enemigos. Los tres le atacaron. Se produjo un alboroto de gruñidos, rechinar de dientes y agitación de cuerpos. El polvo de la carretera se levantaba en una nube y ocultaba la batalla. Pero, tras varios minutos, dos eran los perros que se debatían moribundos en el polvo y el tercero salía huyendo. Saltó una zanja, atravesó una verja y huyó a campo través. Colmillo Blanco le siguió, deslizándose sobre la tierra a la manera y con la rapidez de los lobos, veloz y silencioso, y en el centro de la pradera lo derribó y lo mató.
Con aquella muerte triple su problema fundamental con los perros terminó. La historia se extendió por todo el valle, y los hombres se cuidaron de que sus perros no molestaran al Lobo Guerrero.