Colmillo blanco
Colmillo blanco Sin embargo, Colmillo Blanco no estaba del todo satisfecho con aquel arreglo. Carecía de ideas abstractas sobre la justicia y el juego limpio. Pero hay un cierto sentido de equidad que la misma vida posee y gracias a este sentido captó la injusticia de no poder defenderse contra los lanzadores de piedras. Se olvidó de que, en el pacto establecido entre él y los dioses, ellos prometían cuidarle y defenderle. Pero un día el amo saltó del carruaje, látigo en mano, y lo blandió contra los lanzadores de piedras. Después de aquello, no volvieron a lanzárselas nunca más y Colmillo Blanco entendió y se sintió satisfecho.
Pasó por otra experiencia de naturaleza similar. En el camino de la ciudad, haraganeando por los alrededores de la taberna de un cruce de carreteras, había tres perros que tenían por costumbre abalanzarse sobre él cuando pasaba. Como conocía su método mortal de lucha, el amo nunca había dejado de enseñar a Colmillo Blanco que la ley le prohibía pelear. Como resultado, al haber aprendido bien la lección, Colmillo Blanco acababa mal cada vez que pasaba por la taberna del cruce. Después del primer ataque, su gruñido mantenía a los perros a distancia, pero corrían detrás, aullando, murmurando y burlándose de él. Aquello duró algún tiempo. Los hombres de la taberna incluso animaban a los perros contra él. El amo detuvo el carruaje.
—¡A por ellos! —dijo a Colmillo Blanco.