Colmillo blanco
Colmillo blanco Había carnicerías en las que la carne colgaba al alcance de su boca. Aquella carne no la podía tocar. Había gatos en las casas que su amo visitaba a los que debía dejar en paz. Y había perros en todas partes que le gruñían y a los que no podía atacar. Y luego, en las abarrotadas aceras, había innumerables personas a las que llamaba la atención. Se detenían y le miraban, le señalaban, le examinaban, le hablaban y, lo peor de todo, le acariciaban. Y tenía que soportar aquellos peligrosos contactos de manos extrañas. Sin embargo, lo conseguía. Además, se sobrepuso a su naturaleza desagradable y tímida. Con altanería recibía las atenciones de una multitud de dioses extraños. Con condescendencia aceptaba su condescendencia. Por otra parte, había algo en él que impedía grandes familiaridades. Le acariciaban la cabeza y pasaban de largo, contentos y satisfechos de su propia audacia.
Pero no era tan fácil para Colmillo Blanco. Corriendo detrás del carruaje a las afueras de San José, se encontró con un grupo de niños pequeños que se divertían tirándole piedras. Sin embargo, sabía que no estaba permitido perseguirlos y derribarlos. Así que se vio obligado a violar su instinto de conservación y lo violó, ya que se estaba convirtiendo en un ser domesticado y preparado para la civilización.