Colmillo blanco
Colmillo blanco Colmillo Blanco nunca había sido muy expresivo. Aparte de sus amorosos acercamientos y sus gruñidos con aquella nota cantarina, no tenía otra forma de exteriorizar su amor. Sin embargo, descubrió una tercera vía. Siempre había sido muy susceptible a la risa de los dioses. La risa le enloquecía y le ponía rabioso. Pero nunca se enfurecía con su amo y cuando aquel dios elegía reírse de él con buen humor y tomándole el pelo, él se quedaba perplejo. Podía sentir el aguijón y el pinchazo de la antigua cólera como si tratara por todos los medios de despertarse en él, pero la lucha era contra el amor. No podía enfurecerse; sin embargo, tenía que hacer algo. Al principio adoptaba un porte digno y su amo se reía mucho más de él. Luego, intentó comportarse con mayor dignidad aún y el amo se rio mucho más que antes. Al final, el amo consiguió, a fuerza de risa, que él mismo se riera de su dignidad. Sus mandíbulas se separaban ligeramente, sus labios se levantaban un poco y una expresión chispeante, que demostraba más amor que humor, aparecía en sus ojos. Había aprendido a reír.