Colmillo blanco
Colmillo blanco Igualmente aprendió a divertirse con su amo, a revolcarse, a rodar juntos y a ser la víctima de innumerables bromas pesadas. A su vez fingía enfado, erizando el pelo, gruñendo ferozmente y haciendo resonar sus dientes en dentelladas que parecían guiadas por las intenciones más asesinas. Pero nunca se olvidaba de sí mismo. Aquellas dentelladas siempre atrapaban el aire vacío. Al término de tales juegos, cuando los golpes, los manotazos, los mordiscos y los gruñidos se sucedían rápidos y feroces, se detenían de súbito y se separaban unos cuantos pies, mirándose con intensidad el uno al otro. Y luego, con la misma prontitud, como el sol que se abre paso en el tormentoso océano, comenzaban a reír. Aquello siempre acababa con los brazos del amo alrededor del cuello y las paletillas de Colmillo Blanco, mientras este canturreaba y gruñía su canción de amor.
Pero nadie más que él retozaba con Colmillo Blanco. Él no lo permitía. Se mantenía en su postura de dignidad y, cuando lo intentaban, su gruñido de advertencia y su melena erizada daban a entender cualquier cosa menos un ánimo dispuesto al juego. Que le permitiera a su amo aquellas libertades no era razón para que se convirtiera en un perro corriente que amara aquí y allá y fuera la propiedad de todo el mundo para pasar un buen rato y divertirse. Amaba con un solo corazón y rechazaba rebajarse a sí mismo o a su amor.