Colmillo blanco

Colmillo blanco

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El amo solía montar a caballo muchas veces y el acompañarle era una de las tareas fundamentales en la vida de Colmillo Blanco. En las tierras del norte había demostrado su fidelidad al trabajar en el arnés; pero en las tierras del sur no había trineos, ni perros que cargaran con pesos a sus espaldas. Así que dirigió su fidelidad en un sentido nuevo corriendo junto al caballo del amo. El día más largo jamás agotaba a Colmillo Blanco. El suyo era el paso del lobo, suave, incansable y cómodo, y al final de las cincuenta millas regresaba airosamente por delante del caballo.

Fue en relación con aquellas cabalgatas cuando Colmillo Blanco encontró su otra forma de expresión, algo digno de señalarse, ya que lo hizo dos veces en su vida. La primera ocurrió cuando el amo estaba intentando enseñar a un inquieto pura sangre la forma de abrir y cerrar las verjas sin que el jinete desmontara. Una y otra vez, acercaba al caballo junto a la verja para que la cerrara, y una y otra vez el caballo se asustaba y se retiraba espantado. En cada ocasión se ponía más nervioso e inquieto. Cuando se encabritaba, el amo picaba espuelas y le hacía bajar las patas delanteras, a lo que seguían unas cuantas coces. Colmillo Blanco observaba aquella escena con una impaciencia cada vez más intensa hasta que no se pudo contener por más tiempo, saltó delante del caballo y comenzó a ladrarle de forma salvaje y amenazadora.


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