Colmillo blanco
Colmillo blanco —¡A casa! —fue la orden tajante y aquella vez obedeció.
La familia estaba en el porche tomando el fresco de la tarde, cuando Colmillo Blanco llegó. Se colocó entre ellos, jadeante y cubierto de polvo.
—Weedon ha vuelto —anunció la madre de Scott.
Los niños dieron la bienvenida a Colmillo Blanco con gritos de alegría y corrieron a su encuentro. Él los evitó y atravesó el porche, pero los niños le arrinconaron entre una mecedora y la barandilla. Gruñó y trató de empujarlos. Su madre miró con temor en su dirección.
—Os confieso que me pone nerviosa cuando está cerca de los niños —dijo ella—. Tengo siempre la sensación de que se les va a echar encima algún día inesperadamente.
Gruñendo como un salvaje, Colmillo Blanco dio un salto y salió del rincón derribando al niño y a la niña. La madre los llamó y los reconfortó diciéndoles que no le molestaran.
—Un lobo es un lobo —comentó el juez Scott—. No hay ninguno en el que se pueda confiar.
—Pero él no es un lobo —intervino Beth, apoyando a su hermano en su ausencia.