Colmillo blanco

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Todos estaban ya levantados y Colmillo Blanco bajó las escaleras corriendo, mirando hacia atrás para que le siguieran. Por segunda y última vez en su vida, había ladrado y se había hecho comprender.

Después de aquel suceso encontró un lugar más cálido en los corazones de los habitantes de Sierra Vista e incluso el mozo de caballerizas, cuyo brazo había desgarrado, admitió que, aunque fuera un lobo, era tan listo como un perro. El juez Scott todavía mantenía la misma opinión y la probó para desilusión de todo el mundo gracias a una serie de medidas y descripciones que tomó de una enciclopedia y de varios libros de historia natural.

Los días pasaban unos tras otros y el sol bañaba sin interrupción el valle de Santa Clara. Pero al tiempo que se hacían más cortos y el segundo invierno de Colmillo Blanco en las tierras del sur se aproximaba, descubrió una cosa extraña. Los dientes de Collie ya no eran afilados. Había en sus mordiscos una actitud de juego y de amabilidad enemigas del dolor. Colmillo Blanco olvidó que en otro tiempo había representado una carga para él y, cuando ella retozaba a su alrededor él respondía con solemnidad, tratando de mostrarse juguetón, aunque resultaba ridículo.


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