Colmillo blanco

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Y entonces, una noche se escapó. El alcaide dijo que era imposible y, sin embargo, la celda estaba vacía y en la puerta yacía el cuerpo sin vida de un guardián. Dos guardias más muertos fueron el rastro que dejó a través de la prisión hasta los muros exteriores; los mató con sus manos para no hacer ruido.

Estaba pertrechado con las armas de los guardias asesinados, por lo que se convirtió en unos instantes en un arsenal viviente que huía atravesando colinas, perseguido por el organizado poder de la sociedad. Su cabeza valía una importante suma de oro. Los avariciosos granjeros salían a cazarle con sus revólveres. Su sangre podría cancelar una hipoteca o enviar a sus hijos a la universidad. Los ciudadanos con sentido comunitario tomaron sus rifles y salieron en su busca. Una jauría de sabuesos siguió el rastro de sus pies. Y los detectives de la policía, los asalariados de la sociedad encargados de protegerla, con teléfono y telégrafo y un tren especial, se unieron a su búsqueda noche y día.

Algunas veces le pisaban los talones y los hombres se enfrentaban a él como héroes, o atravesaban decididos las alambradas para que la comunidad, que seguía los acontecimientos desde la mesa del desayuno, disfrutara. Era después de aquellos encuentros cuando los muertos y heridos eran trasladados a las ciudades y sus lugares ocupados por voluntarios entusiastas de la caza del hombre.


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