Colmillo blanco
Colmillo blanco Y entonces, Jim Hall desapareció. Los sabuesos buscaban en vano el rastro perdido. Los inofensivos granjeros de remotos valles eran detenidos por los hombres armados y obligados a identificarse; los restos de Jim Hall fueron descubiertos en una docena de sitios cercanos a las montañas por aquellos avarientos, deseosos de dinero manchado de sangre.
Mientras tanto, los periódicos se leían en Sierra Vista, no con tanto interés como inquietud. Las mujeres tenían miedo. El juez Scott negaba la importancia de los hechos y se reía, sin razón, ya que fue en sus últimos días como juez cuando Jim Hall se irguió ante él para recibir su sentencia. Y en la misma sala de justicia, ante todos los hombres, Jim Hall había proclamado que algún día volvería para vengarse del juez que le había condenado.
Por una vez, Jim Hall tenía razón. Era inocente del crimen por el que le habían sentenciado. Era un caso, en la jerga de los ladrones y los policías, de descarrilamiento. Jim Hall había sido descarrilado a prisión por un crimen que no había cometido. Porque además de las dos primeras condenas, el juez Scott le había impuesto una sentencia de quince años.