Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero hubo una pesadilla en concreto con la que sufrió: la del rechinar y el metálico estruendo de los tranvías que eran para él como linces chillando. Se escondía tras los arbustos, observando a la ardilla hasta que se alejaba lo suficiente de su refugio en el árbol. Luego, cuando saltaba sobre ella, se transformaba en un tranvía, amenazador y terrible, que se alzaba sobre él como una montaña, gritando y haciendo un estruendo horroroso, vomitando fuego de sus entrañas. Lo mismo le ocurría cuando retaba al halcón a que bajara de los cielos. Se precipitaba desde las azules alturas y, en cuanto caía sobre él, se convertía en el omnipresente tranvía. O de nuevo, se encontraba en el corral de Guapo Smith. Fuera del corral, los hombres se reunían y él sabía que se preparaba una pelea. Observaba la puerta por la que entraría su antagonista. La puerta se abría y, abalanzándose sobre él, caía un horroroso tranvía. Miles de veces ocurría lo mismo y el terror que le inspiraba era cada vez más vivido e intenso.
Entonces llegó el día en que el último vendaje y la última escayola fueron retirados. Fue un día de júbilo. Toda Sierra Vista se reunió a su alrededor. El amo le frotaba las orejas y él emitía su gruñido cantarín. La mujer del amo le llamó Lobo Bendito, nombre que levantó aplausos, y todas las mujeres le llamaron así.