Colmillo blanco
Colmillo blanco Él trató de incorporarse y, después de muchos intentos, cayó de debilidad. HabÃa permanecido tanto tiempo tumbado que sus músculos se habÃan entumecido. Sintió un poco de vergüenza por su debilidad, como si estuviera fallando a los dioses por el servicio que les debÃa. Realizó titánicos esfuerzos por levantarse y, al final, consiguió quedar sobre sus cuatro patas, tambaleándose y oscilando hacia delante y hacia atrás.
—¡El Lobo Bendito! —dijeron a coro las mujeres.
El juez Scott le estudió con una expresión de triunfo en su rostro.
—Que asà sea —dijo—. Eso mismo he afirmado yo desde hace tiempo. Ningún otro perro habrÃa hecho lo que él hizo. Es un lobo.
—Un lobo bendito —corrigió la mujer del juez.
—SÃ, Lobo Bendito —asintió el juez—. Y desde ahora en adelante ese será el nombre que yo le dé.
—Tendrá que volver a aprender a caminar —dijo el cirujano—, asà que puede hacerlo. No le hará daño. Pueden llevarle fuera.
Y le sacaron al exterior, como a un rey, con toda Sierra Vista a su alrededor atendiéndole. Estaba muy débil y cuando llegaron al césped se tumbó y descansó durante unos minutos.