Colmillo blanco
Colmillo blanco Un estremecimiento de pánico se apoderó de él. Alcanzó un leño para arrojárselo inmediatamente, pero antes de que lo tuviera en la mano para tirárselo, ella dio un salto hacia atrás y se puso a salvo. Entonces, Henry se dio cuenta de que estaba acostumbrada a que le arrojaran cosas. Había gruñido al retirarse, enseñando sus colmillos hasta las mismas encías, haciendo desaparecer toda aquella melancolía y reemplazándola por una maliciosidad carnívora que le hizo estremecer. Contempló su propia mano, que empuñaba el leño, advirtiendo la infinita delicadeza de sus dedos agarrándolo, cómo se adaptaban a las irregularidades de la superficie, curvándose sobre, por debajo y alrededor de la madera rugosa, y el dedo pequeño, muy cerca de la parte en llamas, que se apartó automáticamente del doloroso calor hacia una parte más fría. Y en el mismo instante, le pareció ver la imagen de aquellos sensibles y delicados dedos mordidos y desgarrados por los blancos dientes de la loba. Jamás había querido tanto a su cuerpo como en aquel momento en que su posesión era tan insegura.