Colmillo blanco
Colmillo blanco Y en el asunto del amor, el de tres años, que había iniciado su primera aventura, dejó su vida. A ambos lados de su cuerpo se erguían los dos rivales. Observaron a la loba, que estaba sentada sonriendo sobre la nieve. Pero el líder viejo era inteligente, muy inteligente, en el amor más que en la lucha. El líder joven torció la cabeza para lamerse una herida en el hombro. Su cuello estaba vuelto y descubierto hacia su rival. Con su único ojo, el mayor vio su oportunidad. Se abalanzó contra él y cerró sus colmillos. Fue un mordisco largo y desgarrador, al tiempo que profundo. Sus dientes, al hundirse en la carne, hicieron estallar la gran vena que pasaba por el cuello. Luego se apartó.
El joven líder gruñía de forma terrible, pero su gruñido se convirtió a la mitad en una tos entrecortada. Sangrando y tosiendo, casi vencido, saltó sobre el mayor y luchó mientras la vida huía de él, sus piernas débiles, la luz del día apagándose paulatinamente en sus ojos, sus golpes y sus saltos cada vez más y más cortos.
Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan solo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito.