Colmillo blanco
Colmillo blanco Cuando el líder joven cayó en la nieve y no se movió más, Tuerto avanzó hacia la loba. Su porte mostraba una mezcla de triunfo y precaución. Esperaba con toda certeza un rechazo y se sorprendió con la misma certeza cuando los dientes de la loba no se mostraron llenos de furia. Por primera vez, le recibió con amabilidad. Rozó su hocico con el suyo e incluso condescendió brincando a su alrededor, retozando y jugando con él en la forma en que lo hacen los cachorros. Y él, a pesar de su madurez y de su sabia experiencia, se comportó con el mismo infantilismo e incluso con embobamiento.
Ya estaban olvidados los vencidos rivales y la historia de amor grabada sobre la nieve. Olvidados, salvo en una ocasión, cuando el viejo Tuerto se detuvo un instante a lamerse sus entumecidas heridas. Entonces fue cuando su hocico se retorció en un gruñido y el pelo de su cuello y de sus hombros se erizó de forma involuntaria, mientras se agazapaba para saltar, con las garras sujetando espasmódicamente la nieve en busca de un apoyo firme. Pero todo fue olvidado en seguida, cuando saltó detrás de la loba, que había iniciado con coquetería una persecución a través de los bosques.