Colmillo blanco
Colmillo blanco Tuerto dio un paso hacia atrás con un bufido de terror; luego se encogió y agazapó, gruñendo a aquella cosa que tanto le había asustado y que no acababa de entender. Pero la loba le sobrepasó fríamente. Se quedó inmóvil durante un segundo y luego se lanzó sobre el conejo danzante. Ella también se elevó mucho, pero no lo suficiente, y sus dientes chocaron con un golpe seco. Dio un nuevo salto y, luego, otro.
Su compañero había abandonado poco a poco la postura encogida y la observaba. Mostraba disconformidad con los fallos repetitivos de la loba y él mismo dio un enorme salto. Sus dientes se clavaron en el conejo y lo bajó hasta la tierra con él. Pero al mismo tiempo, por detrás, se produjo un sospechoso movimiento con un crujido; su aterrado y único ojo percibió que un abeto joven se le echaba encima. Sus mandíbulas dejaron escapar la presa, saltó hacia atrás para escapar a aquel extraño peligro, sus labios mostraron los colmillos, su garganta dejó escapar un gruñido y cada pelo de su cuerpo se erizó de rabia y miedo. Y en aquel momento el arbolito regresó a su antigua posición y el conejo volvió a quedar danzando en el aire.