Colmillo blanco
Colmillo blanco Mientras tanto, el conejo seguía danzando sobre ellos en el aire. La loba se sentó en la nieve y el viejo Tuerto, más asustado de su compañera que del misterioso arbolito, volvió a saltar sobre el conejo. Al alcanzarlo de nuevo y caer a tierra con él, miró de reojo al árbol. Como antes, le siguió hasta el suelo. Se encogió ante la inminencia del golpe, con los pelos de punta, pero sus dientes mantuvieron bien agarrado al conejo. Sin embargo, no recibió el golpe. El árbol permaneció doblado sobre él. Cuando él se movía, el árbol se movía también y gruñía a través de sus apretadas mandíbulas; cuando se quedaba quieto, el árbol se quedaba inmóvil y el lobo decidió que lo más seguro era continuar quieto. Mientras tanto, la sangre caliente del conejo, derramada en su boca, le sabía bien.
Fue su compañera la que le liberó del apuro en el que se vio metido. Le quitó el conejo y, mientras el árbol oscilaba y se balanceaba sobre ella, royó con calma la cabeza del conejo. Al final, el árbol salió despedido hacia arriba y no volvió a darles más problemas, al quedar en la posición perpendicular en la que la naturaleza había intentado hacerlo crecer. Entonces, la loba y Tuerto devoraron entre los dos la presa que el misterioso árbol había cazado para ellos.