Colmillo blanco
Colmillo blanco Tuerto tenía hambre. Aunque había estado recostado en la entrada y había dormido, su sueño fue caprichoso. Se mantuvo despierto y con las orejas atentas al luminoso mundo que tenía delante, en el que el sol de abril relucía sobre la nieve. Cuando se quedó adormilado, hasta sus oídos llegaba el leve rumor de escondidos canalillos de agua y se erguía para escucharlos con atención. El sol había vuelto y el mundo de las tierras septentrionales que despertaba le llamaba. La vida se estremecía. La sensación de la primavera estaba en el aire; la sensación de la vida que crecía bajo la nieve, de la savia ascendiendo por los árboles, de los capullos rompiendo las cadenas del frío.
Dirigió ansiosas miradas a su compañera, pero ella no mostró deseo alguno de levantarse. Él miró hacia fuera y una media docena de pinzones de la nieve aparecieron revoloteando en su campo de visión. Comenzó a levantarse, luego miró de nuevo a su compañera, se sentó y se adormiló. Un canto chillón y diminuto llegó a sus oídos. Una vez, dos, medio dormido, se puso la pata por encima del hocico. Luego se despertó. Allí, revoloteando ruidoso sobre la punta de su nariz, tenía un solitario mosquito. Era un mosquito muy grande, alguno de los que habían permanecido helados en algún tronco durante todo el invierno y que ya por entonces había sido derretido por el sol. No pudo resistirse más a la llamada del mundo. Además, estaba hambriento.