Colmillo blanco
Colmillo blanco Ella se detuvo en la entrada de la cueva y observó la pared que había por encima con atención. Entonces, por un lado y por otro, recorrió la base del muro hacia donde su abrupta masa se elevaba sobre el paisaje de líneas más suaves. Volvió a la cueva y penetró por su estrecha entrada. A los tres pies escasos se vio obligada a encogerse; luego, las paredes se ensanchaban y ganaban altura formando una pequeña habitación redonda de cerca de seis pies de diámetro. El techo apenas sobrepasaba su cabeza. Estaba seco y cómodo. Inspeccionó el lugar a conciencia, mientras Tuerto, que había vuelto sobre sus pasos, permanecía en la entrada y la observaba con paciencia. Ella bajó la cabeza, con la nariz dirigida a un punto cercano a sus pies, y alrededor de aquel punto dio varias vueltas; luego, con un suspiro de agotamiento que casi era un gruñido, se sentó, estiró las patas y se tumbó con la cabeza dirigida hacia la entrada. Tuerto, con las orejas puntiagudas y atentas, le sonrió, y más allá, dibujado contra la luz blanca, pudo ver su cola moviéndose alegremente. Sus propias orejas, con movimientos cariñosos, se movían hacia delante y hacia atrás, mientras su boca se abría y su lengua caía apaciblemente por fuera y, de aquella forma, fue como ella expresó que estaba contenta y satisfecha.