El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler —Y ahora que lo sé —continuó— quiero desembarcar. Yo ignoro las leyes, pero conozco lo que es justo y lo que no lo es, y estoy dispuesto a aceptar el castigo que por los errores que haya podido cometer en este sentido me impongan, no ya un juez, sino todos los jueces de los Estados Unidos. Y esto no lo puede usted decir, señor Pete.
—Tú dices eso, ¿eh?… Muy bien, muy bien. Pues tú eres un grandÃsimo ladrón.
—¡No es verdad… y cuidado con volver a decirlo!
Joe estaba pálido y temblaba, pero no de miedo.
—¡Ladrón! —repitió el francés.
—¡Miente usted!
No en vano se habÃa distinguido siempre Joe de los otros muchachos. SabÃa el castigo que merecÃan las palabras que acababa de pronunciar y lo esperaba. Asà que no se sorprendió mucho cuando un instante después se levantó del suelo del sollado, aturdido aún por un tremendo puñetazo entre las cejas.
—Dilo otra vez —decÃa French Pete desafiándole y con el puño levantado, dispuesto a golpearle de nuevo.
De rabia se le llenaron a Joe los ojos de lágrimas, pero estaba tranquilo y mortalmente serio.