El crucero del Dazzler

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Pero French Pete parecía conocer instintivamente la dirección, y contestando a una pregunta de Joe hizo alarde de su habilidad guiándose por la «percepción» de las cosas.

—Yo percibo la marea, el viento, la velocidad —explicó—. Hasta percibo la tierra. Esto que te digo es muy cierto. ¿Cómo lo hago? Lo ignoro. Sólo sé que percibo la tierra, como si mi brazo se extendiese millas y millas y alargase la mano sobre la tierra, la tocara y supiera que está allí.

Joe miró, incrédulo, a Frisco Kid.

—Eso es verdad —afirmó—. Cuando se lleva algún tiempo navegando, se llega a sentir la tierra. Y si se tiene la nariz un poco fina, regularmente hasta se puede oler.

Una hora más tarde, Joe dedujo por los gestos del francés que se acercaban a su destino. Parecía estar alerta y miraba continuamente las sombras que tenía enfrente, como si a cada momento esperase ver alguna cosa. Joe miraba también con mucha insistencia, pero no veía más que tinieblas.

—Prueba con el palo, Kid —ordenó French Pete—. Me parece que ya es hora.

Frisco Kid desató del techo de la cabina una pértiga larga y delgada; de pie en el centro de la angosta cubierta, hundió verticalmente uno de sus extremos en el agua.


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