El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Dio media vuelta y se quedó de nuevo dormido. Joe le envidiaba. Cerca de las tres de la mañana oyó a French Pete trepar hacia la proa y explorar los alrededores. Joe lo observaba con curiosidad y a la luz incierta de la lámpara, furiosamente agitada, le vio arrastrar dos fardos de cuerda de reserva. Los subió a la cubierta y Joe comprendió que las ataba a las guindalezas para alargarlas aún más.
A las cuatro y media French Pete tenía el fuego encendido, y a las cinco llamó a los grumetes para tomar el café. Al terminar se deslizaron por el sollado a contemplar la terrible escena. Rompía el alba en un cielo gris y negro, y sobre un mar tempestuoso y desolado. Apenas podían distinguir la costa de la isla de los Espárragos, pero oían distintamente el trueno de la resaca; y al crecer el día advirtieron que la corriente les había arrastrado media milla durante la noche.
El resto de la flota también había sido arrastrado. El Reindeer estaba frente a ellos; La Caprice se hallaba un centenar de millas más lejos, y a sotavento, perdidos entre ellos y la costa, luchaban otros cinco barcos.
—Faltan dos —anunció Frisco Kid, mirando con los anteojos y explorando la playa.