El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler —No sé si podré, de todos modos. Son cosas que siento y que no sé expresar con palabras —Joe le dio unos golpecillos en el hombro para tranquilizarle, y continuó—: Bueno, es algo asÃ. Mira, yo sé muy poco de las cosas de tierra y de la gente, y nunca he tenido hermanos ni compañeros de juego. Siempre he ignorado todo esto pero me sentÃa solo… como si me faltase algo aquà —y se puso una mano sobre el pecho—. ¿Has sentido alguna vez hambre de verdad? Bueno, pues eso es lo que sentÃa yo precisamente, sólo que era otra clase de hambre, que no podÃa determinar. Pero un dÃa, ¡oh! Hace mucho tiempo de esto, llegó a mis manos una revista y vi un grabado, éste, con las dos niñas y el niño que están hablando. Pensé que me gustarÃa estar con ellos, y fui imaginando las cosas que dirÃan y harÃan, hasta que de pronto me di cuenta y comprendà que lo que yo tenÃa no era sino soledad… Pero sobre todo me maravillaba la niña que en el grabado está de frente. Pensaba en ella a todas horas, y poco a poco se fue convirtiendo en una realidad. Yo sabÃa que era un engaño, pero luego no lo querÃa creer. Cuando pensaba en los hombres, en el trabajo y en la vida implacable, comprendÃa que era un engaño, pero cuando pensaba en ella ya no me lo parecÃa. No lo sé; no puedo explicarlo.
Joe recordaba las aventuras por mar y tierra que habÃa imaginado, y asentÃa con la cabeza. Al menos esto lo comprendÃa bien.