El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler No deberÃan haber perdido aquella partida el sábado último —pensó Joe—, y a no ser por Fred esto no hubiese sucedido. Él hubiese querido que Fred no se aturullara. PodÃa coger la pelota cien veces consecutivas, pero cuando llegaba el momento crÃtico, dejaba pasar hasta una gota de rocÃo. Debió haberle mandado salir del campo y traer a Jones como primera base. Sólo que Jones era demasiado excitable. CogÃa la pelota de todas las maneras posibles, pero nadie podÃa decir lo que harÃa con ella una vez en su poder.
Joe volvió en sà con un sobresalto. ¡Vaya una manera de estudiar historia! Hundió la cabeza en el libro, y comenzó de nuevo:
«Poco tiempo después de las reformas draconianas…».
Leyó tres veces la misma frase, y entonces recordó que no habÃa mirado qué eran las reformas draconianas.
Llamaron a la puerta. Volvió las hojas con estrepitoso revoloteo, pero no respondió.
Llamaron por segunda vez, y a sus oÃdos llegó la voz de Bessie:
—Joe, querido.
—¿Qué quieres? —preguntó; y sin darle tiempo para contestar, dijo precipitadamente—: No se puede entrar, estoy ocupado.