El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler A pesar de que el trabajo sólo se habÃa realizado a medias, se hallaban extenuados por el tremendo esfuerzo y lo terminaron impacientes. Joe miraba por la borda para adivinar qué podrÃa ser aquel objeto tan pesado, y distinguió la vaga silueta de una caja de caudales.
—¡Ahora todos juntos! —comenzó otra vez Red Nelson—. ¡No os detengáis! ¡Arriba! ¡Otra vez! ¡Y otra! ¡Ya está!
Tirando y jadeando, con los músculos en tensión y el pecho palpitante, subieron la incómoda carga, la suspendieron en el borde de la barandilla y la bajaron al sollado sin detenerse. Las puertas de la cabina se abrieron de par en par y la entraron lentamente hasta dejarla en el suelo, arrimada al extremo de la sobrequilla. Red Nelson les habÃa seguido para dirigir la maniobra. El brazo izquierdo pendÃa inerte, y por las puntas de los dedos goteaba la sangre con monótona regularidad. Sin embargo, parecÃa no darle importancia, como tampoco se la concedÃa el rumor de la tempestad humana que habÃa provocado en tierra y que a juzgar por el tumulto amenazaba descargar sobre ellos.
—¡Haced rumbo a la Puerta de Oro! —dijo a French Pete cuando se volvÃa para marcharse—. Yo trataré de estar cerca, pero si te pierdes en la oscuridad, al amanecer iré a buscarte fuera, más allá de las Farralones.