El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Poco después del alba, los dos grumetes fueron llamados y subieron a cubierta soñolientos todavÃa. El dÃa habÃa amanecido frió y gris y el viento se habÃa convertido en huracán. Joe vio con asombro las blancas tiendas de la estación de cuarentena de Angel Island. San Francisco aparecÃa al sur del horizonte como una mancha borrosa, mientras la noche, que todavÃa se rezagaba por poniente, se retiraba con lentitud. French Pete acababa de pasar por los Raccoon Straits y al mismo tiempo observaba un bergantÃn a media milla de popa que se acercaba velozmente.
—Se figuran que cogerán al Dazzler —dijo.
Y haciendo virar el barco, puso rumbo directamente a la Puerta de Oro.
El bergantÃn que les perseguÃa tomó la misma dirección. Joe lo observó durante unos minutos. En apariencia, corrÃa paralelamente a ellos y pronto pareció que les tomaba la delantera.
—¡A este paso nos alcanzarán en seguida! —gritó.
French Pete se echó a reÃr.
—No lo creas —replicó—. Ellos siguen, pero nosotros dirigimos. A ellos el viento les ofrece resistencia y a nosotros nos empuja. ¡Espera y veras!