El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Pero Joe no comprendÃa. Se negaba a comprender que la palabra de Brick Simpson era ley en San Francisco o en alguna parte de San Francisco. Su amor a la honradez y al recto proceder se sentÃa ofendido, y toda su sangre de luchador se habÃa sublevado.
—Dame las cometas ahora y aquà mismo —dijo amenazador y alargando la mano.
Pero Simpson las tiró lejos de sÃ.
—¿Tú sabes quién soy yo? —le preguntó—. Soy Brick Simpson, y no permito que nadie me hable en ese tono.
—Mejor será que le dejes —murmuró Charley al oÃdo de Joe—. ¿Qué significan unas cuantas cometas? Déjale y salgamos de aquÃ.
—Son mÃas —dijo Joe lentamente, cada vez más obstinado—. Son mÃas y las quiero.
—No puedes luchar contra esta muchedumbre —intervino Fred—, pues aunque le ganaras se te echarÃan todos encima.
Los de la banda, al apercibirse de este coloquio en voz baja y creyendo equivocadamente que tenÃa por causa las dudas de Joe, pusiéronse de nuevo a aullar como lobos.
—¡Tiene miedo! ¡Tiene miedo! —decÃan aquellas fierecillas mofándose y escarneciéndole—. Es demasiado fino. PodrÃa ensuciarse la camisa tan bonita y tan limpia, y después ¿qué dirÃa la mamá?