El crucero del Dazzler

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—Presumo —continuó— que no te referirás a la morada de los pecadores, sino más bien a algún sitio determinado de San Francisco, ¿no es eso?

Joe tendió el brazo señalando hacia la Union Street y dijo:

—Sí, está allá abajo.

—¿Y quién le puso ese nombre?

—Yo —respondió Joe, como si confesara un crimen especial.

—Sin duda alguna es muy apropiado y denota imaginación. No le cabría otro mejor por lo que veo. En idioma debes lucirte seguramente en la escuela.

Esto no aumentó la felicidad de Joe, pues de la única asignatura de que no tenía que avergonzarse era precisamente de la de idioma.

Y mientras ofrecía aquel silencioso aspecto de la miseria y la desgracia, el señor Bronson le miraba con los ojos de su propia niñez, alcanzando con esto una comprensión que Joe no podía sospechar.

—Sin embargo, lo que ahora te hace falta no es precisamente un discurso, sino un baño, tafetán, árnica y compresas de agua fría —dijo el señor Bronson—. Conque a la cama. Necesitas dormir cuanto más mejor, mañana por la mañana seguro que estarás todo dolorido, no te podrás ni mover.


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