El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler El reloj daba la una cuando Joe se metió entre sábanas. Súbitamente se sintió atormentado por unos golpes suaves e insistentes, que creyó continuaban a través de varias centurias, hasta que al fin, no pudiendo resistirlos más, abrió los ojos y se incorporó.
El día entraba a raudales por la ventana, un día luminoso y soleado. Estiró los brazos para bostezar, pero sintió un dolor agudo en todos sus músculos y dejó caer los brazos con más rapidez que los había levantado. Se los miró extrañado, y de pronto, recordando los acontecimientos de la noche, suspiró.
El golpear persistía aún, y gritó:
—Sí, ya oigo. ¿Qué hora es?
—Las ocho —dijo Bessie a través de la puerta—. Las ocho, y tendrás que darte prisa si no quieres llegar tarde a la escuela.
—¡Dios mío! —exclamó Joe mientras saltaba de la cama precipitadamente. Gimiendo del dolor de todos sus músculos entumecidos, se dejó caer lenta y cuidadosamente sobre una silla—. ¿Por qué no me has llamado más temprano? —Gruñó.
—Papá dijo que te dejáramos dormir.
Joe suspiró otra vez de manera distinta. Entonces apercibió el libro de historia, y todavía volvió a suspirar en otro tono diferente.
—Bueno —gritó—. Vete, estaré en seguida.